El origen de Caldelas

Tras perder una guerra contra el Señor de la Limia, el Señor de estas tierras, llamado Castro, y que tenía tres hijas, dijo que a cambio de su perdón, le daría una de sus hijas, a lo que el señor de la Limia respondió:

-Castro, dime ¿cal de elas?

y según esta leyenda, de haí viene el nombre de Castro Caldelas

 

Peña del Sastre. (Pena do Xastre)

Conta la leyenda que un sastre que viajaba de un pueblo a otro se le apareció un lobo por lo que tuvo que subirse al alto de una peña. Al verse acorralado el sastre y ante la llegada de la noche, decidió  defenderse con la  única herramienta que tenía, sus tijeras. El sastre hizo que este escapara al cortarle las orejas y el rabo.

 

A Luz do Couto

Recogida por Vicente Risco en “Miscelánea folklórica” habla de que en el lugar del Couto, en la carretera de Monforte, aparecía una luz que era el ánima de un hombre que muriera en una cantera para hacer la carretera.

 

Senén das Laguiñas

Un hombre llamado Senén das Laguiñas se suicidó tirándose al río con una piedra al pescuezo. Despues decían que andaba por las noches por el río, con una luz y montado en una bicicleta, aunque ver, aseguran, no se veía más que la luz (Vicente Risco)

 

Demiños lambóns

Pasó en Castro Caldelas. Una chica estuvo poseida por los demonios, y se veía que hablaba correctamente el castellano, cuando de forma natural era incapaz. La moza poseída, la criatura según preferían llamarla los demiños, tenía una hermana con el nombre de Carolina y si a los enredantes se les antojaba, hacían que Carolina tuviese que llevar a su hermana al caballito. La criatura se negaba en redondo a pisar lugar sagrado, así que cuando llegó el día de la novena de los Remedios, a pesar de los muchos intentos que hicieron, no hubo manera de convencerla de que fuese. Entonces hablaron los demiños y dijeron que si les daban un chorizo y una onza de chocolate dejaban ir a la moza a la novena. Le dieron las viandas, la moza fue a la novena, y quedó libre de ellos para siempre (Vicente Risco)

 

O tesouro da igrexa das Neves de Pedrouzos

Un vecino de la comarca de Castro Caldelas, estando en la ciudad de  Ourense escuchó a unos hombres hablar de un tesoro y de la determinación de que tenían que ir a sacarlo aquella misma noche. Las referencias decían que el tesoro estaba en  el atrio parroquial de la iglesia de las Neves, en Pedrouzos, segun indicaba una cruz que había en la pared.

Nada más escuchar aquello, el hombre montó en su caballo, y fue al lugar indicado. Cuando llegaron  los otros el ya se llevara una vasija llena de monedas de oro. Desde entonces es rico y parece que aún guarda una caldera llena de aquellas monedas.

 


A riqueza do cura da Casa da Pousa

El cura de la Casa da Pousa, en Pedrouzos, se hizo rico de la siguiente manera: escondió en su casa a un carlista que llevaba con el dos maletas llenas de dinero. El carlista estuvo allí un día y  marchó a la noche siguiente. Despues fue apresado y le escribió al cura desde la cárcel pidiéndole dinero y diciéndole que, si se los mandaba volvería a escribirle y decirle donde podía recoger la fortuna. El cura le mandó el finero y al poco tiempo recibió una carta del carlista, en la que le contaba que si cavaba a dos metros de un castaño que había en el camino que sube a Pousa, encontraría las dos maletas llenas de oro. Y también le decía que las guardase en su casa, que si vivía, ya vendría a recogerlas, y que si moría, quedaban para el. El cura y el sacristán cavaron en el lugar indicado, encontraron las maletas y, como el carlista nunca regresó, quedaron con el dinero (Vicente Risco)

 

ENLACE A VOZ DE GALICIA:

http://www.vtelevisión.es/programas/lendasvivas/2012/01/01/0031 63 116775.htm  

 

 

Os sapos e o carro

Antonio y  José eran compadres. Se conocían de toda la vida: nacieran debajo de dos setas vecinas, y allí echaron toda la vida, uno al par del otro. Cuando se casaron, Antonio fue el padrino de Nicanora, la primera hija de José, y Andrés, el primer hijo de Antonio, tuvo a José de padrino. Los chicos, con tanto roze, acabaron casando, y pusieron casa del otro lado de la caldera, al pié de la pared norte. Antonio era tranquilo y sentencioso, el José era una presa de aire, una carriza, un furafollas simpático y fanfurriñeiro. Con tal contraste de raza no es extraño que fueran compadres, y además si tenemos en cuenta que tanto como a uno le gustabla hablar, al otro le gustaba escuchar, componiendo así una pareja feliz.


Entrados ya en edad,  Antonio daba en callar y  José en rosmar. Y  más que le dió por rosmar cuando, una primavera, le dió por pasar por el camino de los corgos un carro nuevo,  que cantaba a todas horas: por la mañana temprano, cargado de estiercol. A mediodía, cargado de otoño. A media tarde, cargado de leña, de tarde o contra la noche, cargado de … Aquellas apeladoiras humeaban! Y el señor José era un señor sapo que tenía por costumbre dormir hasta bien entrada la mañana,  echar otra dormida despues de comer, y aún topeneaba despues de la merienda.  Aquel chirriar lo traía de cabeza.


— Te digo que lo voy a volcar! –decía enojado a su compadre – Un día de estes no aguanto más, me pongo en el medio del camino, y ya puede dar la vuelta, o sino, yo le daré …
— Pero José –le decía el  Antonio- no ves que el carro del Matías da Pinguela lo carga ahora el hijo, y que va tan cargado de estrume que las pobres vacas casi no lo dan llevado.........

— Pues que  pase á su hora, que como me siga molestando el sueño...
— José …
— Compadre: lo que yo te diga!
Aquella misma tarde, empezó a sentirse, el canto del carro, a la misma hora que don José echaba la siesta.
— Este va a  saber con quien trata … -le dijo José a su compadre, saliendo por la puerta.
Marchó hacia el camino, y allí, viendo venir las vacas,  con las molidas bien apretadas, la cabeza baja, y rosmando por lo bajo contra el hijo del amo que las traía en aquel sinvivir, José cogió aire y empezó a hinchar, a hinchar...mas aún que aquella vez que viera la muerte en los ojos de la cobra que se le atravesara en el camino, de vuelta para a casa, despues de visitar a los chicos.
— Tienes que dar vuelta, o una u otra- chilló, con un hierro de la rueda a dos pasos de la cabeza.
Antonio sintiendo como se perdía en la revuelta la cantarena del carro, llamó por el compadre:
— Hay José! Vas o vienes?
— Hay Antonio! Ni voy ni vengo, que estoy partido al medio!
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Quen mo contou: Roque Méndez Prieto (meu avó, en gloria estea; Gerardo Méndez Rodríguez, meu pai.
Onde: Lugar de As Barreiras, parroquia de San Xoán de Poboeiros, Concello de Castro Caldelas, un ano calquera entre o setenta e o oitenta. Hoxe, xuño de 2011, non vive ninguén neste lugar.

 

Por Xerardo Méndez: http://outeirodosmouros.blogspot.com/2011/06

 

San Roque, la fiesta y  un vecino

Había una vez, allá, cuando los animales hablaban, en el lugar de Os Espiñeiros, un hombre que se llamaba Recaredo: era buen hombre, pero algo descreído. Y no le tenía ningún respeto a San Roque. Cuando llegaba el dia de la fiesta, mientras los mayordomos corrían a comprar los foguetes, el lavaba la cara y se disponía a trabajar en lo que tocara, como cualquier otro día. Mientras los gaiteros recorrían los lugares tocando la alborada el cojía el camino de la finca, de un lameiro, de la huerta, o del monte. Si tocaba sachar, sachaba. Si tocaba rozar, rozaba. Pero la fiesta no la guardaba.
San Roque, desde el altar, no le hacia mucho caso a aquel desprecio,  que el bien sabía que era más cosa de pereza que de maldad, de apocamento que de soberbia, pero el  San Juan le echó en cara que no lo trajera al camino, y tanto  lo azuzó que acabó por hacerlos bajar, a el y al perro, del pedestal en el que sen encontraban, e ir a buscar a Recaredo para que le guardara la fiesta.


Estaba el hombre en la arada, y bien que sintió y vió llegar al santo, pero el, como si nada. Por más que le ladraba el perro, el, como si nada. San Roque al principio quiso razonar con el, diciéndole que como trabajada en dia fiesta, que el cuerpo necesita descanso,  que en la vida también hay que tener momentos de ocio... El  Recaredo no decía ni pío: bajaba la cabeza, ixaba a cabeza, agarraba la rabela, tanguía en las vacas y seguía a lo suyo. Ya aquello no le pareció bien al santo, que no es de gente educada no contestar cuando te hablan, y de los consejos pasó a las amenazas:
- Te voy a mandar una granizada que te va a tumbar el pan!
El Recaredo igual, tanguía, llegaba al fondo de la finca, volvía y vuelta a empezar.
- Te voy a mandar una plaga de escarabajos que te coman las patatas!
Nada.
-Te voy a mandar la gripe para las vacas!
-Te voy a mandar.........
Ya el santo no sabía que decir para convencerlo. Estaba rojo de la rabia y le echó la peor maldición que se le acordó:
- Te voy a mandar un mal vecino!
Los bueyes. El Recaredo miró al santo. Bajó la azada, levantó la reja, desató la temoncela, colgó el arado en medio del yugo, y marchó para casa.

 

O xastre e a silva

Antonio Rei naciera para sastre. Lo llevaba prendido en el alma, como otros llevan el aroma de la madera, y no viven sin la garlopa, o esos que andan el día entero con la plomada en los ojos, dolidos de las grezas en las paredes o de los muros que esboroan. Antonio perdía los ojos por una tijera y un trozo de tela: ya fuera camisa, chaleco o chaqueta, tenía un ojo preciso y una mano certera que asentaba los cuerpos en los trajes como el humo se acomoda a los chorizos. Hijo de soltera, se crió en la casa del cura, arrimado a su tía, el ama, de oficio costurera, despues de que la madre se echara a los caminos, perdiéndose todas noticia de ella. El chico dió en hacerse amigo del dedal y los hilos, y cuando le arregló la casulla a don Graciano, aquella vez que la ama estaba en cama, derrengada con una pileira que la tenía ardiendo con la fiebre, el miedo que tenía este a acoger al demonio en su casa menguó. Y como nuevas encargas dieran en hacer de el el mejor vestido de los curas del contorno, se encariñó con el chico e decidió mandarlo a aprender el oficio a Maceda, pues allí había un sastre que se decía que cosía para los señores de Maside. Como era tiempo de ir a pagar el foro, pensó si el mozalbete marchaba con el forero aún ahorraba en el viaje.

Así fue como el sastriño marchó con Severino do Outeiro, parando en cada casa a recoger, aquí unos huevos, allá un saco de castañas, allí dos gallinas, y mas jamones de los que viera juntos en su vida, con todo y vivir en casa del cura. También recogieron un capital en monedas, cuatrocientas lagrimas y doscientas malas palabras. Era casi noche cuando se echaron al camino, el hombre acostado en el alto del carro y el chico delante de las vacas, y allí que  pasaron San Xián y Os Pelosos, para entrar en Franqueira, como la noche estaba oscura – a la luna le faltaba un día para hacerse vieja- jugaba a descubrir la cara entre las nubes. Llegó un momento que no se veía el camino, las vacas pararon, y el Severino, que ya le metiera algun trago a un garrafón de vino, mandó:

- A dormir!

Se envolvió en una manta y allí mismo, sen Envolveuse nunha manta e alí mesmo, sin sltar las vacas, empezó a roncar, como un serrucho royendo en una almojaya. El chiquillo, que nunca se viera en los caminos,  se metió debajo del carro, temblando como una vara verde, y le metió el diente al tocino que le metiera su tía en la maleta, al lado de un par de camisas nuevas y un pantalón largo, se sentían los buhos y las curuxas, y los lobos, allá en el alto de la sierra, y el miedo siempre le daba hambre. Cuando se le acabó la merienda, le entró el miedo de la Compaña y empezó a rezar un rosario tras otro, cincuentas avemarias y no se sabe cuantos padrenuestros. Con la merienda, la tía le metiera una botellita de agua bautizada con cuatro gotas de tinto,  que el chico acabó entre tanta oración, y al beber le hinchó la vejiga. Cantaban los sapos, las curuxas andaban de danza, y seguían ahuyando los lobos. El chico no quería salir de debajo del carro, O raparigo non quería saír de por baixo do carro, una madriguera que lo amparaba de la noche y le aliviaba el miedo. Pero hay cosas para las que el cuerpo no pide permiso, y luego le empezó a doler el vientre con ganas de aliviarse. Por fin, en el  último momento, pudo más la verguenza que el miedo. Salió daquel, su pocilga,  saltó el vallado y se metió en una devesa, suspirando de satisfacción mientras cumplía con el cuerpo.Lo malo fué cuando quiso volver. Algo lo agarraba por detrás. Sintió un pico en la espalda, algo así como la punta de una navaja.

Decían que los atracadores paraban por la Franqueira. Que bajaban de la sierra como lobos y mataban a todos los que robaban. Que les comían el higado y ponían la grasa del muerto a derretir, como si fueran cerdos.

- No me mate, señor no me mate, por el amor de Dios,  el dinero está en el carro, por favor por favor …

Se espantaron cuatro pájaros y en el silencio que se oyó no se oía mas que su propia voz, llorosa. MIsmo parecía que el Severino dejara de roncar. … Recordó que tenía un arma: metió la mano en el bolsillo y agarró las tijeras, se echó hacia adelante pero la presa no cedía: dio media vuelta y metió un tijeretazo.  La luna se rió entre dos nubes, cuando dió el segundo tijeretazo:  aquella luz dejó la cabeza de una silva a sus pies:

- Si fueras un hombre te tronzaba igual –dijo, escupiendo coraje.

Un buho dijo: uúuuu … Y un hombre acostado en el carro dió media vuelta y volvió a roncar.

 

A augulla do demo

Recibid, señor Conde, las nuevas que este vuestro humilde siervo os envía, pues va en vuestro interés evitar a construcción del puente que a de unir Lemos y Caldelas, y que el abad de este monasterio está decidido a levantar, mismo con la ayuda del demonio, como yo mismo le escuché decir al fraile Hermesindo, cuando este se quejaba de los diezmos y gavillas ya les seran pesarosas a los siervos del monasterio para reclamarles más, mismo para la construcción de un puente que en escasa medida os beneficiaría, y más sabiendo que aún atraería vuestra ira la pretención del monasterior de hacerse con el monopolio del comercio del vino también en la otra orilla del río, como de hecho es el amo de las vides plantadas en esta. Os va, con esta, copia de la carta que el señor Abad envió a su majestad, El Rey Felipe, que Dios guarde, demandando autorización y auxilio real en la construcción del antedicho puente.
Sabéis ya, señor, la influencia de vuestros enemigos en la Corte, a los que el señor abad se tiene encomendado, recordándoles –en cartas escritas por esta misma mano, y por mi mismo despachadas, bajo la  atenta mirada del abad- que era de su interés debilitar lo mas posible esta vuestra primera base de vuestros estados y posesiones.
Aprovecho la ocasión para informaros de los malos términos en que el abad se encuentra con el Rector Provincial de la Santa Inquisición, quien envió a un sobrino suyo a investigar la viveza de la fe de los siervos del monasterior, con la excusa de persistir en estas supersticiones y creencias paganas, así como la práctica de las artes de brujería, pues había llegado a sus óidos –con ocasión de un viaje en el que atravesó por Caldelas camino de León- la leyenda del puente que el Mouro Belezú, con la ayuda del demonio, construía cada noche entre las dos riberas del rio, en el lugar que le dicen Agulla do Demo, para cruzar a Lemos los bueyes que robaba en Caldelas. El sobrino fue despachado con muy malos modos por el señor Abad, quién, ocupado en el espolio de los labradores, mal  podía consentir la intromisión de la Santa Irmandade na súa campaña recaudadora.
Aguardando que estas informaciones ayuden a mi Señor, las acompáño con el ruego de que recibáis, con la amabilidade que acostumbráis, este sobrino mio Miguel, que os envío para que continúe su educación en el lugar que estimeis oportuno, pues solo a el me atrevo a confiarle este mensaje.

 

As lavandeiras do Sil

Hay una leyenda que habla de las profundas y misteriosas aguas del rio Sil, en la Ribeira Sacra, provincia de OURENSE, como un lugar de intrigantes cuevas y pasadizos, amores imposibles y seres mitológicos que viven en sus profundidades. Cuenta la leyenda que la hija de un poderoso noble de Quiroga gustaba de recorrer los montes de los alrrededores vestida con ropas vulgares, con el objeto de pasar inadvertida entre las gentes humildes.

Una tarde de otoño encontró en uno de sus paseos, un cazador joven y esbelto, que venía de cazar un corzo con su bestia. La doncella, cuya hermosura era, según se cuenta  a "de un hada", se dió a conocer como perteneciente al castillo de Quiroga, mientras que el joven lo hizo como vasallo del señor de Osorio, de Castro Caldelas. Así y todo, la belleza de los dos mozos hizo que se enamoraran en ese mismo instante uno del otro, acordando mantener nuevos y apasionados encuentros. Aquellos encuentros tenían lugar en las riberas del Sil y al hacerse frecuentes llegaron a conocimiento del poderoso padre de la chica. Don Pedro de Quiroga, que así era como se llamaba este noble, consideraba a los de Castro Caldelas sus adversarios e indignos de pretender a su hija, por lo que le prohibió a esta que volviera a ver al lchico cazador. Así y todo, los enamorados encontraron pronto la forma de verse, pues había un pasadizo que comunicaba el castillo de Quiroga con un túnel que pasaba por bajo del Sil e iba hasta el castillo de Castro Caldelas. Sin embargo, el padre de la doncella se enteró enseguida de lo que pasaba y considerándolo un ultraje decidió imponer un castigo a los dos chicos. Así pues, una vez que los amantes entraron dentro del pasadizo para correr uno a los brazos del otro, el padre de la doncella mandó a sus hombres  cerrar ambas entradas del túnel con un gran número de rocas para que estas dificilmente pudesen ser otra vez abiertas. De esta forma, quedaron bajo las aguas del Sil, los nuevos amantes para siempre..De ellos también cuenta la leyenda que fueron los progenitores de las lavanderas, esos seres mitológicos que la creencia sitúa en las aguas profundas de este rio, y de las que se cree lavan y pulen las pepitas de oro que el Sil deposita en su lecho.

Estriada de http://www.blogoteca.com/lendas/index.php?cod=1850

 

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